La nueva película de Dolores Fonzi es mucho más que un estreno en cartelera. BELÉN es una herida abierta, una memoria que insiste y un recordatorio de que los derechos conquistados no se sostienen solos. Inspirada en el caso real de una joven tucumana encarcelada injustamente durante dus años tras sufrir un aborto espontáneo, la película llega en un momento donde el retroceso político y cultural vuelve a poner en jaque lo que creíamos irreversible.
En 2014, una joven tucumana ingresó a un hospital público de su provincia con dolores y sangrado. Estaba sufriendo un aborto espontáneo sin saberlo. En lugar de recibir atención médica como corresponde, fue denunciada por el personal del hospital, esposada por la policía y acusada de homicidio agravado por el vínculo. Tiempo después, la llamamos Belén para preservar su identidad. Pasó años presa hasta que fue absuelta en 2017.
Su caso fue un antes y un después: movilizó al movimiento feminista, visibilizó la criminalización de mujeres pobres y encendió una lucha que años después desembocó en la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

¿Que me pasó con Belén?
Cuando empezó todo esto, yo tenía apenas 14 años. Recuerdo a 2015 como el primer momento en el que me cuestioné por qué el aborto no era legal, y si era prudente sumarse a ese debate o mejor quedarme callada y acatar lo que siempre nos habían enseñado. Como buena adolescente un poco rebelde y con todo el hambre de que las cosas cambien, me di la oportunidad de cuestionarme y por suerte, me dieron la oportunidad en mi colegio, de llevar estos debates.
Hoy, tengo 24 años, la misma edad que tenía Belén cuando empezó su pesadilla. Mi simple historia, me hizo empatizar con la historia de esta película, emocionarme hasta las lágrimas, y considero que puede lograrlo con cualquier persona. Dolores Fonzi sin duda hizo un film profundamente humano. No son golpes bajos, BELÉN muestra cómo el cuerpo de una mujer se convierte en campo de batalla: del poder judicial, del sistema médico, del Estado y de la sociedad.
La película emociona desde la contención. Con una fotografía austera, silencios potentes y actuaciones que están muy a la altura (Camila Plaate y la propia Fonzi están impecables), reconstruye cada instante de un proceso tan desgastante por esperanzador.

A mí, BELÉN me conmovió profundamente. Me movió cada fibra. Como feminista, no pude evitar recordar todos los pasos que dimos en la lucha: las marchas, los pañuelos verdes, los debates interminables, los nombres que se hicieron bandera.
Hay escenas que duelen y que, al mismo tiempo, llenan de orgullo. Dolor porque muestran lo que muchas vivimos (el miedo, la culpa, la violencia institucional) y orgullo porque nos recuerdan lo lejos que llegamos.
Pero más allá de quienes ya militamos o nos sentimos parte del feminismo, me gustaría que BELÉN también toque a esas mujeres que todavía no se reconocen dentro del movimiento, o a los varones que no encuentran su lugar en estas luchas. Porque esta película no divide: invita a pensar, a empatizar, a volver a debatir públicamente sobre lo que somos y lo que queremos defender.
Mucho más que un consumo cultural
BELÉN no es una película para “ver y olvidarse”. Tiene que ser una herramienta de memoria colectiva. Nos recuerda que los derechos no son eternos, que hay que defenderlos todos los días y que todavía hay muchas Belénes en América Latina y el mundo sin justicia ni ley.
En estos tiempos donde los gobiernos “liberales” confunden libertad con desprotección, ver BELÉN en el cine también puede ser un acto de resistencia. Es volver a ocupar el espacio público, a decir presente, a reafirmar que las mujeres no nos “pasamos tres pueblos”, como les gusta repetir a quienes temen perder privilegios, sino que seguimos caminando los pueblos que aún faltan recorrer.








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